13 de agosto de 2011
Escrito por Marquelo @ 12:56  | Prosa general
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-?Est? clar?simo doctor! Las irreconciliables maneras de pensar de las personas, hacen, de las diferencias, un derrotero existencial interminable, en el cual nosotros, tristes mortales, vivimos agigantando infinitamente el ejemplo m?s contundente; y que, lamentablemente, aprendemos desde ni?os: las guerras. Tambi?n hay otras diferencias ? y much?simas- que de modo individual, insospechado y anecd?tico generan en algunos hombres, un caos individual devastador.
Yo fui v?ctima de ese caos.
Siempre estuve enamorado de ella. A veces, cuando la primavera escudri?a sutil por los ventanales como exacerbado enamorado y filtra sus colores en un golpe enso?ador de luz, yo logro ensimismarme con ojos de detalles: la retrato en el aire, interact?o con sus delicados movimientos y aromo el olor de sus cabellos. Pero luego de ese golpe de luz en estas blancas paredes esa dicha se agota r?pidamente como mi memoria y su piel blanca, sus ojos de miel, parten, hacia un punto negro como fosa sin fondo. Cuando eso sucede grito desesperado: ?Lucrecia! ?Lucrecia!...
No pocas personas se han adherido (por experiencia propia) a uno de los pocos preceptos que han regido mi vida durante los ?ltimos setenta a?os: "Es m?s f?cil decir, ?al diablo con Dios!, que mirar a una jovencita a los ojos y decirle ?Te amo!". Aunque de Jes?s no se sabe nada al respecto, yo sospecho que lo pens? alguna vez.
Eso intentaba decirle a Lucrecia un s?bado por la noche, en la fiesta de un amigo del cual no recuerdo ni su nombre, ni el lugar donde quedaba la residencia. Lo ?nico que s?, es que fue en la ?poca en que viv?a en La Felicidad, y que apenas era un chiquillo.
Es lo ?nico que puedo asegurar.
Hubo un prolongado silencio.
- ?De qu? hablaba?- dijo el paciente desconcertado.
- Amaba a una chica en La Felicidad- dec?a usted. Trate de recordar, haga un esfuerzo. Es muy importante- dijo el m?dico-
- ?La Felicidad?... ?Ah..., ya recuerdo. La Felicidad!. Viv?a con mi madre y mis cuatro hermanos, hace a?os all?. Le ofrecieron a mi padre una agregadur?a en la embajada; pero tuvo que abandonar el puesto poco tiempo despu?s; no por incompetente ni corrupto, sino, porque lo mataron una noche de regreso a casa. Las circunstancias de su muerte nunca me quedaron claras. Recuerdo que en el velorio, mi madre no llor? y se sent?a como aliviada. Mi madre era muy dura con todos nosotros.-sentenci? el hombre.
- ?Y Lucrecia?- pregunt? el galeno, tratando de enrumbarlo nuevamente.
- Estrella Del R?o Buend?a, se llamaba mi madre. ?De qu? Lucrecia me habla usted?- repregunt? malhumorado el paciente.
El m?dico aunque experto en la materia frunci? el ce?o y cerr? con cierta dureza su pu?o izquierdo. Lo sigui? con la mirada y comenz? a contar hasta diez mentalmente; luego comenz? a preguntarle generalidades: el mar, la depredaci?n que hace el hombre en la naturaleza y de pol?tica. De tal modo, que, poco a poco encajara en su recuerdo m?s desdichado.
- ?Qu? opina del amor?- Termin? dici?ndole.
- ?Yo tengo mucho amor!- dijo, a?adiendo- ?Le dije a usted que tuve en La Felicidad un amor de esos que duran para toda la vida? Nunca le pude expresar mis sentimientos. Por eso me eche a dar discursos luego y sumirme en miles y miles de papeles, fingiendo que le hablaba, que le convenc?a, que le daba esperanzas..., una familia tal vez. S?; una familia que lamentablemente no tengo. Y todo, aunque le parezca inveros?mil, se?or de blanco, se ech? a perder por una camisa. ?Que peque?ez tan banal! ?Una camisa!. Los dramas humanos, se?or m?o, no necesariamente nacen de situaciones existenciales, que, paulatinamente crecen con nuestras miserias. Algunos casos son excluyentes a esta regla. Objetos inanimados por ejemplo que toman vida y se desarrollan como monstruos dentro de uno, ahog?ndonos para siempre. Se lo digo con toda sinceridad: ?Toda mi vida amorosa la ech? a perder una camisa! Ten?a dos graves preocupaciones: el conquistar a Lucrecia, y la otra, mi pr?ximo retorno a mi patria para ver a mi abuelo que sufr?a una extra?a y penosa enfermedad que lo aquejaba, y que hoy creo que tambi?n soy v?ctima. Aunque en este sentido no pierdo la esperanza de morir por otras causas ? un suicidio, tal vez- y no darle gusto a las probabilidades m?dicas, acepto los cuidados. Y pensar que uno debe ser c?mplice de su propio destino; pero ante la muerte (un mazo de naipes echados al azar) , a veces, uno debe escoger la que m?s le convenga. ?No lo cree usted?..., ?y que anota en esa tablilla met?lica?
- Siga por favor- le habl? sumisamente el m?dico.
- De que habl?bamos...-dijo el paciente.
- De una rara enfermedad- dec?a usted- y de Lucrecia que viv?a en La Felicidad.
- ?Lucrecia era fea!- exclam?- desafiante e impaciente. Me enamor? de ella sin embargo. A m? eso no me importaba...Me enamor? de su cadencia, de su elegancia, de sus ojos de miel. Tambi?n de sus sentimientos: era buena la ni?a. No hable con ella m?s de cuatro veces- creo- y eso fue todo para enamorarme de ella, de su feminidad. El c?mo conquistar a una chica que viste como Reina y que, adem?s, es la damita m?s dulce de todo un pa?s- Y pregunt?base muchas cosas que a su vez respond?a. Vea usted, pasar por d?as sin luz y sin respuestas es una cosa de locos. Y una pregunta balad? genera en el hombre una gigantesca contradicci?n insalvable. Aquella min?scula pregunta, ?c?mo conquistarla?, me ven?a de horror: macilento y alelado el martes; apocado el mi?rcoles; man?aco depresivo el jueves; pero en las crepusculares horas del viernes, delirante, obnubilado por un ub?rrima lluvia de palabras muertas, pudo mi mente desenmara?ar con excitado orgullo un, ?algo!, y retenerlo, cristalinamente, haciendo del asunto capital del problema, una idea genial.
Llegu? temprano a esa casa blanca de grandes ventanales que parec?a hacerla m?s grande de lo que era: un jardincito coqueto, salpicado con flores lilas y verdes, que eran exaltados como en un fino bouquet. Me sent? c?modo. Toda aquella armon?a contrastaba perfectamente con el ?nico complemento que me har?a ver como un pr?ncipe frente a Lucrecia: Mi fina camisa rallada de tres botones, (el ?ltimo regalo tierno de m? adorado padre). Conduc?anme los femeninos efluvios por toda aquella sala de piso de parquet; fina y espaciosa soportaba brillante las decenas de zapatos diferenciados unos de otros como carta de presentaci?n, y al mismo tiempo, pensaba yo en los m?os: "Que bien encajan mis zapatos de charol con este piso". Recuerdo a los muchachos lustrosos en brillantina; algunos escondidos fumando como locos; otros m?s licenciosos deambulaban con paso cansado, escudri?ando a las damitas, clasific?ndolas. Las muchachas con sus faldas eran bonitas y elegantes. Creo que las que estaban entre la puerta principal y la primera entrada a la sala llevaban faldas mosaico, recta y sin pretina en crep? stretch; y las que estaban m?s al fondo casi terminando la sala y orillando el jard?n, llevaban faldas el?sticas de popelina. De entre ese mar congestionado y movido, en un rinc?n, ataviada con un vestido de gamuza espa?ola, y una cinta rosa que le encajaba perfecta en su cabello corto, Lucrecia, ?silente como tesoro a ser rescatado!- y termin? hablando al techo y lenta inhalaci?n.
Entra una enfermera con un platito: un vaso con agua y dos pastillas.
- ??No vi a ninguna chica con falda blanca?!- dijo el paciente.
- ?Se?orita, por favor! Toque antes de entrar- refunfu?o el m?dico.
- Es hora de sus pastillas- sentenci? la enfermera apenada, y se fue.
Hubo un prolongado silencio. El hombre segu?a confundido.
- Qu? bonita estaba Lucrecia en la fiesta, ?verdad?
- ?Qu? fiesta?
- Tome estas dos pastillas, por favor.
- ?Y para qu? son?
- Bueno..., para recordar nuestras fiestas, a las muchachas con falda, vestidas de gamuza espa?ola, entre otras cosas...
-?Ah! S?; estuve en la fiesta, y que bonita se le ve?a a Lucrecia con su vestido de gamuza espa?ola o, ?era su vestido de pa?o de ray?n?- qued? cavilando, pero continu? con cierta naturalidad-.
Ambos nos agrupamos indiferentes. La noche corr?a, y mi afiebrado sentimiento acorralado por algunos cuantos muchachos, tendr?a, indefectiblemente que trascender al grupo, la sala, el piso de parquet y dirigirme sin tapujos hacia ella, y declararle mi amor. Sentir?a que la estrategia funcionar?a, que ella me observar?a y que, finalmente, con una sonrisa sentenciar?a a mi favor ante su peque?a corte diciendo: "Linda camisa". ?Lo har?a? ? A eso hab?a ido, no? Comenc? a caminar en l?nea recta, sin cadencia, dejando a los muchachos, pensando en lo ?nico honesto y tierno que hab?a sentido en toda mi vida; pero lamentablemente, el sentido de las diferencias termina cuando empieza el colapso individual.
No s? de donde, de que parte oscura del universo ? del ba?o seguramente- sali? esa otra chica: gorda, terriblemente fea y que, grotescamente invad?a mi l?nea recta, mi paso firme, mi excitada esperanza, y que, al mismo tiempo la hac?a id?ntica a mi. Mi descomposici?n fue absoluta.
- ?Qu? pas??- dijo excitado el m?dico.
La chica en cuesti?n (llam?mosla est?pida), llevaba la misma camisa a rayas de tres botones, con que yo, pobre infeliz, pretend?a consagrar una ilusi?n que yac?a a pocos metros, (ella vest?a camisa a rayas, pantal?n de corduroy, y unas botas de vaquero) ?Acaso era hombre para vestir as?...? ?Qu? terrible! ?Qu? terrible conjunci?n de amor y odio, de agon?a y cristalina inocencia!. No tardaron en aparecer las primeras manifestaciones de iron?a y burla. Alguien, (una voz piadosa de alg?n lugar de ese universo), al verme perdido, vilipendiado, ciertamente elegido por una circunstancia que se homogenizaba, lleg? a decir. "Es unisex, es la moda". ?Maldita sea!, lo que para algunos resultaba una an?cdota inofensiva y trivial, para m?, constitu?a una humillaci?n oscura y profunda. Romp? mi imaginaria recta, hu? zigzagueante entre empujones y patadas; tom? la calle, respir? profundo y llor?.
- Y, ?est?pida?- pregunt? el m?dico con macabro entusiasmo.
- ?Est?pida? ?Qu?...? ?Es usted un imb?cil!-sentenci? el hombre.
El m?dico se inclino hacia ?l y lo escudri?o por largo rato. Luego dijo:
- ?Qu? pas? con las camisas rayadas en La Felicidad?- pregunt? seguro.
- ?Ah!, una est?pida lo ech? a perder todo- sentenci? cansado.
- Creo que es todo por hoy, volver? ma?ana, descanse- dijo.
El m?dico lo cobij?, acun?ndolo como a un ni?o, termin? de rese?ar sus apuntes y sali?.
Al otro d?a, entro en la habitaci?n y con penosa perplejidad esparci? la mirada en torno del paciente que se plantaba desnudo, con ojos muertos, como si se tratase de una gran estatua, en el centro mismo de la habitaci?n. Luego sali? y habl? con el edec?n de turno:
- Lo siento, el se?or Presidente ya se ha ido.?


Comentarios
Escrito por Sebazubia
24 de agosto de 2011 | 18:55

Me encantó este cuento. La primera vez me costó entender como se daba el diálogo porque me lo leyeron pero luego lo leí otras dos veces, se lo leí a mi hermana y voy a leérselo también a un amigo. Es un relato atrapante, divertido. Tenés una facilidad impresionante para el diálogo y aquí se nota más que en los otros cuentos. Es exquisita la interacción entre estos dos personajes. Un cuento impresionante.

Nuevamente te lo digo, algo en tu forma de redactar me hace acordar de Roberto Arlt. Eso te acerca mucho a los grandes.