07 de agosto de 2011
Escrito por Marquelo @ 12:26
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Quienes hayan sentido en carne propia los inhumanos prejuicios de nuestro tiempo, se alegrar?n (no en demas?a) de la gigantesca conspiraci?n que Leticia y yo hemos tramado bajo la tosca austeridad de las bombillas p?blicas: ?Amigos!-nos declaramos-, sin mitigar en ello ninguna culpa; pero nadie lo entendi? as?.
Ahora ambos estamos condenados.

Alicia quer?a casarse y la boda estaba madura en su cabeza. Ella, que al igual que muchas otras de su clase, hab?a sido dise?ada como una mu?eca de escaparate que uno encuentra en las avenidas elegantes y que el fino cristal la preserva de las circunstancias pobres de la vida o de gente molesta en general. Ahora, luego de cinco a?os de noviazgo, en la que indistintamente tuvimos pasiones fren?ticas y tropezones comunes, me dijo una noche que ya era hora de casarnos; de fijar fecha para la boda; de ir adquiriendo la fina vajilla de 56 piezas de porcelana marca "Nobless", que vio en un cat?logo franc?s; de los maravillosos muebles "Urbinati" que decorar?an la inmensa sala, y en general, de todos los accesorios que tanto le gustaban. Finalmente me extendi? una tarjeta de un corredor de bienes ra?ces quien ya les hab?a vendido una casa de campo a sus padres: los Rueda Paredes.

Yo la escuchaba con desaliento, imagin?ndome el ornamentador de una gran casa que siempre me sabr?a a museo, sin uso y distante. Yo la quer?a; pero nunca hubiese podido arrancarla de ese mundo de veleidades, que ella hab?a preestablecido para nuestras vidas. Cuando dieron las 10, al despedirme, me ech? a caminar por las calles, tragar una porci?n de ese aire libre y solitario que da la noche y ponerme a salvo de ese futuro repelente que me aguardaba para ahogarme, gracias a mi cobard?a.

Fueron esas circunstancias fatuas las que trastocaron mi mundo di?fano y humilde, y en las ?ltimas dos semanas de tozudez femenil de casamiento, terminaron por germinar en m? un creciente h?bito: caminar. Lo hac?a generalmente de noche y luego de visitar a Alicia. Enfundado hasta las mejillas y con un zac?n largo, deambulaba por las calles y plazas con pasi?n de alienado que busca ser salvado de su tenaz laberinto. Yo prefer?a las calles pobres, que tienen esa naturaleza et?rea de desahucio hechas por el traj?n de las carretas y los orines de los perros vagabundos; dej?ndome a mi paso, un aire triste; pero a su vez lleno de esperanza tratando de escapar de todos esos t?banos de la alta sociedad con los cuales ten?a que lidiar en los banquetes, que mis futuros suegros me llevaban para escuchar s?lo estupideces. Ciertamente estaba harto de todo eso. ?Qui?n podr?a respirar ese aire hip?crita y cangrenado? Yo, no. Por eso caminaba entre los indigentes, los orates y excluidos y formar parte de toda aquella masa de h?roes ca?dos que nunca tuvieron la oportunidad de la liberaci?n o del perd?n.

Una noche, luego que mis zapatos se libraran de unos mont?culos de tierra en una calle cerrada, percib? un ruido lejano, casi como un susurro que se pierde ahogado entre la cortina de lluvia que tercamente se encaramaba entre mis o?dos cansados. Volv? la mirada sin percibir nada significativo, mi sombra era la misma y la lluvia segu?a cayendo con su mon?tona cadencia; sin embargo algo, a la distancia, se precipitaba para alcanzarme. Aceler? los pasos, la bufanda se apret? m?s a mi cuello y met? mis manos al zac?n, empu??ndolos. Luego pens? que era digno dejarse asaltar por alguien que presumiblemente tendr?a hambre. Me tomaron del hombro y volte? sin decisi?n.

Ah? estaba la mirada del cholo, china, fina y su kilom?trico cuerpo envolviendo mi sombra, luego dije:

-Ll?vate todo, pero no me da?es.

El cholo afil? m?s su mirada y me zarande? d?bilmente, luego, dijo ri?ndose:
-?Gabriel Benavides!, hermano, he gritado tu nombre como un loco y todav?a huyes de m?. Yo, tu amigo, el Roge Pauca.
-?El Roge Pauca?-pregunt? desconcertado-. Y termin? con la cabeza hundida en su pecho, luego que me enroscara con sus manos gentiles.
La lluvia ces?, empero, una catarata de recuerdos bramaban dentro de m?, tratando de salir de ese laberinto tor?xico con olor a tierra. Luego el cholo habl?:
-Gabrielito, todav?a te veo pastando conmigo las cabras de mi chacrita; t?, el hijo del hacendado. ?Qu? haces ahora?
-Soy ingeniero-contest?-, recordando ahora al cholo y a las cabras. Luego lo abrac? emocionado.
De ah? en adelante tuvimos una conversaci?n feliz; pero cuando le pregunt? el por qu? estaba en la ciudad, su cara languideci? y dijo:
-He venido para comprar cosas para el puente.
-?Puente?- inquir? asombrado.
-Ya hemos perdido dos ni?os; uno de ellos mi sobrino. La polea se rompi? y el r?o endemoniado que pide tributo cuando brama y est? picado, se los trag?, cuando iban rumbo al colegio- dijo abraz?ndome, ahora con pena.
Le promet? de inmediato que mandar?a dinero, que yo mismo ir?a en calidad de ingeniero a verificar la obra y que no se preocupara por nada. Luego nos despedimos con ternura. Ya, cuando nos distanci?bamos un poco tuve una sensaci?n de alivio, volv? la mirada y grit?:
"Los ni?os que cruzan el infierno rumbo al colegio, merecen un puente". El respondi?:
-Gueno, pu?.

Despu?s de ese d?a las cosas se alivianaron y me sent? fortalecido. Por eso no tuve ninguna animadversi?n cuando conoc? a Leticia bajo ese tenue ba?o de luz que elevaba su humanidad, por sobre la agon?a abyecta de la noche invernal; por eso tuve la certeza que deb?a encarar con valent?a mi determinaci?n, rompiendo mi compromiso con Alicia y definirme con decisi?n a mis futuros suegros.

Decidido a terminar con Alicia, al fin, me dirig? a su casa un s?bado por la noche, pero cuando son? el timbre, sent?, desfallecer electrocutado y decid? dejarlo para otra oportunidad y salir corriendo, pero la puerta se abri? y para sorpresa m?a el Sr. Rueda me ataj? con una gran sonrisa, invit?ndome a pasar.
-Gabriel, hijo, te est?bamos esperando.

Ingres? sin aliento. Una primera salva de aplausos y manotazos por sobre el hombro sacudi? mi valent?a y recul? cobardemente. A continuaci?n sent? las voces en el aire, zumbidos de insectos: "?Viva el novio! ?Ser?s uno de los nuestros! ?Es inevitable! ?Viva el novio!". Ah? estaban todos: mis suegros, los amigos del Club Nacional, Alicia horriblemente maquillada y las casamenteras de siempre.

Claudiqu?. Miserablemente entregue mi valent?a, ced? ante la sonrisa de mi suegro como el vencido que subordina sus ideales por una d?diva o una posici?n. Todo estaba dicho y lo peor de todo es que no hab?a luchado y eso me enervaba; sent?a el manifiesto complejo del cobarde en mi estomago, en mis intestinos y en mi cabeza.
Mir? a una mujer con miedo. Era Alicia, acerc?ndose, extendi?ndome sus brazos dici?ndome: "Esta sorpresa es para ti, nos casamos en dos semanas". Nuevamente sent? el miedo, el torrentoso fluido de mi cobard?a, enmudec?.
-S?lo faltan comprar los anillos, ma?ana ser?a perfecto-sentenci? Alicia, sacudiendo mi brazo de mu?eco, llegando al punto m?ximo de su vanidad.
-Ma?ana ser?- concluyo el Sr. Rueda.
De m? no quedo nada, sino el triste ensimismamiento del mediocre que perdi? su voluntad. Era todo lo contrario a un hombre y mi destino ya no depend?a de mi; era de ellos.

El d?a llego y con el mi sufrida carga humana. Partimos con el autom?vil rumbo a la Av. Principal. Alicia empecinada en explicarme las caracter?sticas de los anillos y de la calidad del trabajo; yo, atisbando por la ventanilla tratando de pedir ayuda al cielo a?il, a las nubecillas infantiles de siempre. Rec?.
Llegamos y parqueamos el autom?vil a unas cuadras de la tienda. Alicia con su entusiasmo de siempre, el Sr. Rueda habl?ndome acerca del cambio que sufre la ciudad por la invasi?n de gente indecente en las avenidas elegantes, yo, cabizbajo, reflexionando en silencio. Pasamos algunas tiendas decoradas lujosamente con finas sedas, percibiendo ese perfume que parece salir de ellas; cuando de pronto, o?, a la distancia mi nombre que se repet?a cada vez con menos fuerza, como ahog?ndose en el aire: "?Gabrieeeell! ?Gabrieell!", volte? y pude reconocer esa voz; era Leticia, a lo lejos algo destocada, incorrectamente social, parada en una esquina con sus tacones multicolores, extendi?ndome su mano c?lida, resonando sus ajorcas como campanillas juveniles. Enfil?, cruce sin vacilar la calle, me dirig? hacia ella ( no puedo imaginar la desaz?n que le causar?a a mi futuro suegro y a Alicia mi determinaci?n), la mir? con alegr?a , como si viera la sencillez de la ternura, le bes? la frente, hice algunas reverencias y le dije: "?Amigos!", luego bes? con dignidad sus manos cansadas y percib? su humanidad, "?Amigos!" dijo ella y se fue.

Cuando volte?, ya no estaban ni Alicia ni mi futuro suegro.

Me march? de ah? pensando en Leticia y en la actitud que tomar?an mi futuro suegro y Alicia al verme. ?Habr?a cometido alguna falta? Y comenc? a caminar sin desmayo esta vez por las avenidas elegantes hasta llegar al Club Nacional y tomarme un trago y reflexionar sobre el asunto. Ah? estaban todas las personas que un d?a antes me prodigaban felicidad y que ahora para sorpresa m?a me miraban con desprecio. Me acerqu? a los muchachos de siempre y sin preguntar por la incomodidad, F?lix Cantoral habl?:
-?C?mo pudiste besar a una perra!
-Es mi amiga- respond? con dignidad-. Luego otras voces a mi alrededor:
"Una puta, es inconcebible", "Nosotros no andamos besando putas por las calles", "Indecente", "Sucio", "Fuera de aqu?". Al fin me envalentone, sent? hervir mi sangre, cog? la botella de champagne que estaba en la mesa y la arroje sobre el damasco que decoraba el bar. "?Basuras!" dije, ustedes siempre ser?n insectos y me march?.

Pero todav?a hab?a algo por hacer sin vacilaci?n ni cobard?a, terminar con Alicia; pero no fue necesario, al tocar la puerta sent? llanto de mujer y el Sr. Rueda abri? resuelto generando un aire condenatorio que me golpe? la cara y me dijo:
-?Ya sabia yo que la gente del campo son paridos con sexo de zorro y sangre de puerca, el matrimonio se cancela. Hasta nunca!.

Y tir? un portazo.

Di la vuelta y me retir? despacio, escuchando el llanto de Alicia tras la puerta.


Comentarios
Escrito por Halachvz
08 de agosto de 2011 | 2:21

Y hablando de amor...en el poema de Sebas y encontrando aquí otro escrito que me lleva de nuevo a las reflexiones.

Es tan grato leerte Marquelo, ir saboreando la historia conforme se avanza en ella, recordando situaciones similares, poniendo otros nombres a los personajes de tu prosa, y reflexionar sobre los prejuicios que hoy en día nos van separando a unos y otros.

Sin embargo es importante, como dice tu prosa, poner distancia de aquello que a final de cuentas, no nos llevará a ser felices, ser valientes y luchar por quienes valen la pena.

Es maravilloso el momento del encuentro entre Leticia y Gabriel, lo he disfrutado tanto. Y tan cierto el momento en que te dan la espalda cuando rompes con una de las expectativas que se tienen de ti y que definen por mucho tu personalidad y tus decisiones.

Muy grato leerte esta noche, que bueno tenerte aqui marquelo.

Un fuerte y emocionado abrazo.

Escrito por Sebazubia
08 de agosto de 2011 | 13:52

Ayer leí tu prosa junto a Mina. La pensé toda la mañana. Cuando la leía pensaba en una calle en especial, en el frente de una casa en especial, en un señor - padre de la nena - en especial, en una novia casadera y superficial en especial. Las ganas de escapar eran las mismas, las angustia también. Lo impresionante no es el hecho de que las historias se repitan en casi todos nosotros. Lo realmente impresionante es el modo que tuviste de expresarlo. Tan nítido, cargado de sensaciones.
Siempre ha sido un placer leerte y esta prosa no es una excepción. Allí está el rico y el pobre, quien pretende clase y quien practica la humildad. Me ha llevado a pensar por qué, como este personaje, yo también quise escapar esa vez. Lo que buscamos no es una casa hermosa, ni una chica con clase, buscamos una vida. Es necesario escapar a fin de alcanzarla. Hoy que he conseguido esa vida me doy cuenta de cuan importante es el alejarse de todo lo insípido.